A Seimeira de Vilagocende
Baleira, A Fonsagrada y Negueira de Muñíz son los tres municipios que conforman la comarca de Fonsagrada, en la provincia de Lugo. El segundo de ellos, A Fonsagrada, que da nombre a la comarca es el más extenso de la Comunidad Autónoma de Galicia, y en él se ubica la Seimeira de Vilagocende.
La primera vez que visité ese lugar fue con los amigos Carlos y Pablo Briones en julio de 2007, un día de mucho calor y con una luz demasiado fuerte para hacer fotografías medianamente decentes. Así es que se imponía la necesidad de regresar. Y eso es lo que hice el pasado día 9 de febrero de 2008. Las cosas fueron mejor.
Al llegar al pueblo de A Fonsagrada, en el centro, hay que coger una carretera muy estrecha a la derecha que nos lleva a Vilagocende. Tres kilómetros más abajo aparece una señal de desvío hacia la derecha que nos anuncia la Seimeira, que es como llaman pora aquí a las cascadas. El camino es de tierra y muy estrecho, cabe el coche pero reza para que no suba otro. Desde este camino las que veis abajo son las primeras visiones de la Seimeira.


El rio Porteliña se desploma por un desnivel de 50 metros de altura casi completamente vertical, que hace de esta cascada la más alta de Galicia probablemente. El espectaculo visual y de sonido es maravilloso.

La humedad y el viento que levanta la caida del agua hacen que la sensación de frio se acrecente. Hay que andarse con ojo con el equipo porque es fácil resbalar en las rocas completamente mojadas.


Al amparo de esa humedad, los verdes son intensos, el musgo cubre los troncos de los castaños y robles que pueblan el lugar, y la vida vegetal y animal se adorna de colores diversos incluso en invierno.


Camino arriba y de vuelta a la estrecha carretera que viene de A Fonsagrada, tras haber dado buena cuenta de un agradecido bocata de jamón con queso y tomate y de haber disfrutado de uno de esos grandes momentos con mi mujer y mis hijos, que me acompañan en este viaje, decidimos que todavía queda tarde para seguir perdiéndonos por estos estrechos caminos de la montaña lucense.
Unos minutos más tarde nos encontramos en un estrecho cañón con una playa fluvial cuyo nombre produce escalofrios: "Praia A Pena do Inferno".

La paz que se respira es total, es un lugar solitario, no pasan coches en horas, de hecho aparcamos en el carril. Un azor es el único y silencioso poblador de la zona. Nos ve y levanta el vuelo con esa majestuosidad con la que vuelan las rapaces. No tengo la cámara armada. Se escapa. Me conformo con ver la playa y disfrutar de los colores de la roca, mientras pienso lo bonito que debe de ser el otoño en estas tierras...


... habrá que volver.




